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Historia

“Tratará al militar retirado con el respeto y consideración que merecen su dedicación y servicios prestados, guardando las muestras de compañerismo y cortesía pertinentes”. 

Reconocimiento al militar retirado. Artículo 41 de las Reales Ordenanzas de las Fuerzas Armadas: (Real Decreto 96/2009, de 6 de febrero, por el que se aprueban las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas)

El respeto a los que por servir a su patria sufrieron algún tipo de herida o encontraron la muerte en el camino ha estado presente a lo largo de la historia. Ya desde la época de la dominación romana en la península ibérica, los soldados al servicio de Roma que, por edad o invalidez, se veían obligados a abandonar su puesto en las Legiones gozaban de ciertos privilegios. Prueba de ello es que en el año 25 a.C. el emperador Octavio fundara la ciudad de Emérita Augusta (Mérida) para el descanso de sus Legiones y restablecimiento de sus soldados “eméritos”.

Pero fue el Rey Alfonso X, el Sabio, (1221 – 1284) el primero en recoger legalmente esta necesidad en Las Siete Partidas. Gracias a esta ley quedaban establecidas las “erechas” o compensaciones que ayudaran a resarcir los daños sufridos por los hombres en el campo de batalla. Se estableció entonces, también, una tabla que indicaba la cantidad, en “maravedises”, que el militar herido debía recibir como compensación dependiendo del tipo y la gravedad de la lesión.

Empezaba, pues, a fraguarse el espíritu que, posteriormente, llevaría a Carlos I de España y V de Alemania (1517 – 1566) a crear una nueva Compañía de su Guardia para que pudieran ingresar en ella los inválidos de los Tercios de España, y a poner en marcha la Compañía Vieja de Alabarderos. En el ámbito de lo legal, data, también, de esta fecha una Real Cédula a favor de los soldados que “por estar viejos, impedidos y enfermos vayan a descansar a sus casas con pleno goce de su paga”.

El monarca no fue el único que mostró su preocupación por estos soldados heridos, durante los siglos XVI y XVII célebres sociólogos españoles, como Luis Vives (149 – 1540), Juan de Mariana (1536 – 1623), Cristóbal Pérez de Herrera (1558 – 1604) o Juan de Ceballos abogaron por el amparo y el trato que se les debía dar a los Soldados Viejos y Estropeados.

Durante los reinados de Felipe II (1598 – 1621), Felipe IV (1621 – 1665) y Carlos II, El Hechizado (1665 – 1700), se siguieron creando múltiples Cédulas Reales que demandaban el reconocimiento de los inválidos militares y la necesidad de erigir hospitales y hospicios para atender a estas personas.

Fueron muchos los militares inválidos ilustres, aunque, sin duda, el más recordado por todos es “el manco de Lepanto”.  Miguel de Cervantes Saavedra (1547 – 1616), insigne soldado y escritor universal, combatió en Italia y fue herido en su mano izquierda en la batalla de Lepanto. En su famoso libro Don Quijote de la Mancha, Cervantes denuncia la situación de desamparo en la que quedaban los mutilados. Así, en una conversación del ingenioso hidalgo con el paje sobre el oficio de las armas dice: “…y advertir, hijo, que al soldado mejor le está el oler a pólvora que a algalía y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuando más que ya se va dando como se entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados; porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándoles de casa con títulos de libres, los hacen esclavos de hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte..."

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