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Ha cumplido el período de 3 años por el que fue nombrado

El general Valentín-Gamazo cesa como Director del Museo del Ejército

El general Juan Valentín-Gamazo, que recibió de mano de su antecesor en el cargo, el general Izquierdo, la responsabilidad de la dirección del centro museístico más importante del Ejército de Tierra, ha concluido el periodo de tiempo por el que fue nombrado por el entonces Ministro de Defensa, Pedro Morenés.

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Convoca el ISFAS

IX Certamen Nacional de Pintura

El Instituto Social de las Fuerzas Armadas (ISFAS) convoca el IX Certamen Nacional de Pintura, con el patrocinio del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, y con arreglo a las siguientes Bases, publicadas en el Boletín Oficial del Ministerio de Defensa núm. 223, de 26 de noviembre de 2016:

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Premios Defensa 2016

Juan Antonio Maldonado Molina ha recibido el premio “José Francisco de Querol y Lombardero” por su trabajo "Discapacidad y Fuerzas Armadas"

La ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, presidió ayer, 28 de noviembre, la ceremonia de entrega de los Premios Defensa, que constituyen, en palabras de la ministra, "una valiosa herramienta para desarrollar el objetivo de promover la cultura de Defensa entre todos los españoles".

Acompañaron a la ministra en la ceremonia, que tuvo lugar en el Cuartel General del Ejército del Aire, el almirante general Fernando García Sanchez, jefe de Estado Mayor de la Defensa; Agustín Conde, secretario de Estado de Defensa; Arturo Romaní, subsecretario de Defensa; el almirante Juan Francisco Martínez Núñez, secretario general de Política de Defensa, y los jefes de Estado Mayor de los ejércitos de Tierra, Armada y Aire, general de Ejército Jaime Domínguez Buj, almirante general Jaime Muñoz-Delgado y general del Aire Francisco Javier García Arnaiz, respectivamente. Las mencionadas autoridades entregaron los galardones a los diferentes premiados.

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Curiosidades de la historia militar

Canas por culpa de un susto.

En cierta ocasión estaba el rey Alfonso XII departiendo con un grupo de militares cuando se fijo que entre el grupo había un coronel de aspecto juvenil pero que sin embargo tenía todo su cabello de color blanco.

Este le explicó al monarca que el motivo de su prematuro pelo blanco fue a consecuencia de un susto que se llevó durante la campaña de Joló en Filipinas, donde fue atacado por un caimán mientras cruzaba un rio y, aunque pudo salir ileso, el shock le provocó que se le tiñese el cabello de ese color.

Años después, durante un desfile militar el rey volvió a encontrarse con el joven militar, que esta vez lucia un frondoso cabello de color caoba, a lo que Alfonso XII le preguntó:
«Coronel… ¿le ha vuelto a morder un caimán?»

Grandes batallas V

Esta vez conoceremos una batalla un poco más cercana, en nuestras propias costas, la de Tenerife.

Otra de las grandes gestas españolas tuvo lugar durante los últimos días de un caluroso mes de julio de 1797. Ese año, Inglaterra se propuso invadir la isla de Santa Cruz de Tenerife con la inestimable ayuda del por aquél entonces contralmirante Horatio Nelson; una de las empresas que a la postre le iba a producir una gran derrota.

El objetivo de los ingleses era claro. Las islas Canarias eran un enclave único y estratégico; un lugar bañado por el océano Atlántico que podría haber servido para el refugio y avituallamiento de la Royal Navy, que en aquellos años tenía intereses en el continente americano. Conquistar Santa Cruz de Tenerife y el resto de las islas significaba, por tanto, la creación de una poderosa base estratégica que contribuiría en definitiva al engrandecimiento del Imperio británico. Sin embargo, Inglaterra no solo se iba a encontrar con la resistencia heroica del ejército español, sino que además se iba a enfrentar con un factor determinante: el Pueblo.

Fuerzas en combate

Así las cosas, durante la oscura madrugada del 22 de julio de 1797 ocho buques ingleses se situaron sigilosos frente a las costas de Tenerife dispuestos a iniciar el desembarco. En total, el ejército del contralmirante Nelson estaba formado por 393 bocas de fuego y nada menos que 2.000 hombres instruidos y experimentados en otros enfrentamientos.

Además, se daba la circunstancia de que el orgullo británico estaba intacto tras haber vencido a los españoles cinco meses atrás en la batalla del Cabo de San Vicente. Por su parte, la defensa de Santa Cruz de Tenerife estaba compuesta tan solo por unos 60 artilleros veteranos y 320 de milicias, varios cientos de soldados y alrededor de 900 campesinos. Todos ellos estaban dirigidos por el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero, un soldado veterano que en aquél estío rondaba los 68 años. No obstante, a pesar del número claramente inferior de los españoles, la historia iba a ser muy distinta respecto a los sucesos que habían acaecido en el Cabo de San Vicente.

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Becerrillo, el perro de los conquistadores españoles

Desde primitivos arcabuces que asustaban más que mataban, hasta relucientes morriones que provocaban gritos de asombro entre los nativos americanos. Si por algo son recordados los conquistadores españoles es por llevar consigo hasta el Nuevo Mundo una ingente cantidad de objetos ideados para doblegar a los indios. Un arsenal que nunca había sido visto por aquellos lares y que, por tanto, causó verdadero terror en los lugareños (los cuales, por cierto, ya se sentían bastante acongojados ante la vista de aquellos «gigantescos dioses» con pelo en la cara). Sin embargo, además de toda esta ingente cantidad de cachivaches -conseguidos al otro lado del Atlántico a precio de saldo-, los susodichos «barbudos» contaban también con una serie de «armas secretas» mucho más vivas: animales que combatieron a sangre y fuego junto a ellos. Uno de los más utilizados fueron los caballos, cuya «ayuda» es a día de hoy conocida por todos. No obstante, en el fondo de las carabelas y los galeones de los Reyes Católicos y -posteriormente- Carlos I, también se escondían perros de presa.

Decenas -y de todo tipo de razas (mastines, galgos, sabuesos...)- fueron los canes que, guiados por conquistadores españoles como Juan Ponce de León, arribaron a las desconocidas costa del Nuevo Mundo y sirvieron obedientes a sus dueños en regiones como Florida o Puerto Rico. Con todo, de entre todos ellos hay uno cuyo nombre ha quedado grabado con letras de oro en la Historia del Imperio Español. Este no fue otro que Becerrillo, un alano español que, además de acompañar a los militares, dejó este mundo en 1514 y se fue al «cielo de los perros» mientras luchaba -dientes mediante- contradecenas de nativos para liberar a su amo, el capitán Sancho de Arango. Curiosamente, y a pesar de que es uno de los animales más famosos de la conquista de América, la historia de este valiente can ha permanecido entre bambalinas hasta ahora. Sin embargo, es de menester referirse a ella después de que, el pasado miércoles, una perrita de las fuerzas de seguridad francesa, «Diesel», falleciese durante el asalto de la policía a un piso del municipio de Saint Denis (en las afueras de París).

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La Inmaculada Concepción y la infantería española

En 1585 el tercio de Juan de Águila estaba acampado en la isla de Bommel, en la desembocadura del Escalda. Los holandeses provocaron una inundación y los tercios tuvieron que refugiarse en el dique de Empel, no muy lejos de allí. En esta situación, el tercio estaba en una situación en la que eran una presa fácil y se pusieron a excavar para fortificarse.

Mientras excavaban encontraron una tabla con una Inmaculada, precisamente la noche del 7 de Diciembre, día de la Inmaculada. Esa misma noche, una tremenda helada inmovilizó los buques holandeses e hizo posible una gran hazaña española. Los tercios asaltaron a pie a la flota holandesa, que gritaban: “Dios se ha hecho español”. Desde entonces, la infantería española adoptó como patrona a la Inmaculada Concepción.

Grandes batallas IV

En nuestra cuarta edición nos acercamos al nuevo mundo, donde se llevo a cabo la batalla de Pensacola.

Puede que las aguas europeas se hayan teñido multitud de veces con la sangre de los marineros españoles e ingleses. No obstante, la armada ibérica y la Royal Navy pueden presumir de haberse plantado cara a lo largo y ancho del mundo entero. Precisamente, uno de los lugares más recónditos en los que se encontraron fue en la bahía de Pensacola, cerca de la Florida. Allí, en un día de 1.781, la Infantería de Marinahispana desembarcó y expulsó del terreno a los defensores de la Pérfida Albión.

Para saber por qué la armada de nuestro país viajó miles de kilómetros para derramar sangre inglesa hay que remontarse hasta finales del SXVIII, concretamente a 1.763, año en que Inglaterra hizo doblar la rodilla a una coalición de países entre los que se encontraban Francia y España.
Tras esta dolorosa derrota, Carlos III estaba deseoso de que el tiempo le diera una excusa para devolver tal afrenta al inglés, y esto sucedió cuando llegaron las primeras noticias de que las Trece Colonias americanas habían iniciado un levantamiento contra los británicos. En ese momento, España dio comienzo a una abismal campaña de apoyo a los rebeldes, a los que equipó con armas, munición y uniformes. A su vez, la situación se recrudeció cuando la corona declaró la guerra a las islas en 1.779.

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